Todo debe empezar por un día.
La verdad es que olía a despedida. A una despedida que iba entregándose en tomos de varios meses. Aquellos días fueron diferentes. Aquella imagen implorando el abandono por miedo a abandonar. No sé cómo sobrevivimos unos días más. No era más que hacer agonizar lo que murió aquella vez, después de habitar varios días en la zona sucia. Fue la última discusión. Esta vez responsabilidad mía. Tensé la cuerda y se rompió. Da igual, al día siguiente te preguntabas por qué tenías esa dependencia emocional hacia mí. Una dependencia más pequeña de lo que tú y yo creíamos. Dos días después te bastó con empezar a hablar con algún comentario poco importante, y ahí estaba otra vez ¿Cómo no iba a estar? Yo siempre estoy. Me enseñaste algo de lo que todo buen cristiano estaría orgulloso: perdonar incondicionalmente.
En realidad tú te habías ido hace mucho tiempo. Sin despedirte, porque no sabes hacerlo. Te habías ido construyendo una vida en la que yo no tenía cabida, habías ido buscando remedios que facilitasen la huida. Pero no te despedías. No te sirven los "adiós" Te vas, simplemente, y ya no vuelves.
Cada vez va teniendo menos sentido esta espera. En realidad nunca la tuvo. Me he pasado 7 años esperando. Incluso estando a tu lado esperaba: esperaba tus decisiones, esperaba tus acciones. Y sigo esperando. Y me temo que de aquí no me moveré.
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