lunes, 29 de agosto de 2011

La vuelta

No, no es fin de año. Pero estas son fechas muy propicias para hacerse promesas. Desde las más vulgares, tipo dejar de fumar o hacer más deporte, a las auténticas quimeras, como cambiar la vida de uno mismo.

Malas fechas, sí. Se mezclan muchas cosas: vuelta a la rutina, a la subyugación de los gestores de la miseria, cierto poso de tristeza por el extraño pensamiento de que nada volverá a repetirse -cuando lo hace cada año- y el recuerdo de unos días que no pertenecen a nuestra vida aunque, en realidad, son los únicos días en los que podemos decir que poseemos vida: salimos, corremos, gritamos, sonreimos, conocemos, nos movemos. Es decir, nos comportamos como personas. Extraña paradoja.

Siempre vuelvo con un pequeño nudo en la garganta y una lágrima que pocas veces acaba por atreverse a salir. Supongo que debe ser eso, la sensación de que no se va a repetir lo vivido. Ya no en mucho tiempo, sino jamás. Es absurdo... acaba haciéndolo, y hay savia nueva que viene con fuerza. Lo que no se escapa es que los años pasan y se mezcla una extraña sensación entre el quiero y no quiero.

¿Y las promesas? Tal vez nunca se cumplan o, simplemente, los avances sean fruto de una sucesión en cadena de pequeñas promesas cumplidas o intento de ellas. En un mes os lo cuento.

lunes, 8 de agosto de 2011

I El final

Todo debe empezar por un día.

La verdad es que olía a despedida. A una despedida que iba entregándose en tomos de varios meses. Aquellos días fueron diferentes. Aquella imagen implorando el abandono por miedo a abandonar. No sé cómo sobrevivimos unos días más. No era más que hacer agonizar lo que murió aquella vez, después de habitar varios días en la zona sucia. Fue la última discusión. Esta vez responsabilidad mía. Tensé la cuerda y se rompió. Da igual, al día siguiente te preguntabas por qué tenías esa dependencia emocional hacia mí. Una dependencia más pequeña de lo que tú y yo creíamos. Dos días después te bastó con empezar a hablar con algún comentario poco importante, y ahí estaba otra vez ¿Cómo no iba a estar? Yo siempre estoy. Me enseñaste algo de lo que todo buen cristiano estaría orgulloso: perdonar incondicionalmente.

En realidad tú te habías ido hace mucho tiempo. Sin despedirte, porque no sabes hacerlo. Te habías ido construyendo una vida en la que yo no tenía cabida, habías ido buscando remedios que facilitasen la huida. Pero no te despedías. No te sirven los "adiós" Te vas, simplemente, y ya no vuelves.

Cada vez va teniendo menos sentido esta espera. En realidad nunca la tuvo. Me he pasado 7 años esperando. Incluso estando a tu lado esperaba: esperaba tus decisiones, esperaba tus acciones. Y sigo esperando. Y me temo que de aquí no me moveré.